Irse
Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando. —Juan Ramón Jiménez
Durante diez años no he vivido entre cuatro paredes. Mi casa es un animal doméstico hecho de plumas y escamas; una criatura viva cuyo latido soy capaz de descifrar incluso en medio del sueño. Pero, en una llamada, cayó la palabra «diciembre» y con ella la dueña vino a reclamar mi aire.
El desapego es un proceso extraño. A veces aflora en ráfagas, pero otras es un incendio. Mi luto ha durado lo que tarda la sangre en secarse sobre una herida abierta. Ahora, cuando camino por el salón, ya no veo una década de mi vida: veo las costuras sueltas de un vínculo roto.
Mi mirada es un bisturí: noto el desconchado en el marco de la ventana como una herida en la piel de la casa; la mancha de humedad, que antes me parecía un continente, hoy se revela como un descuido; el frío que se cuela por debajo de la puerta como un invitado al que ya no quiero atender.
No es que haya dejado de amar este lugar: es que hay amores que se repliegan sobre sí mismos, como un organismo que se encoge para ganar impulso. Llevo semanas haciendo las maletas con los ojos, porque salir de donde no me quieren es un idioma que mi cuerpo conoce. Tengo cicatrices que reconocen el momento exacto en que quedarse se vuelve daño.
Me iré en paz porque mi hogar nunca estuvo en el ladrillo ni en la argamasa, sino en la corriente que me atraviesa. Hay en este desahucio una urgencia que me resulta familiar: el eco de un arrojo que vuelve, la ilusión por lo que todavía no ha sido.


Recibe mi abrazo. Irse, a veces, es como empezar! Es final y comienzo.